
Todas las aseguradoras son igual de estafadoras. Este es uno de los pilares básicos, axioma a partir del cual se debe desenvolver el ciudadano de a pie. No debe dejarse engañar por las mentiras de unos u otros: “Pues yo estoy en tal sitio y me va muy bien”, “Ah, pues eso no me ha pasado a mí donde estoy”, “¡qué raro! Eso te pasa por asegurarte por tres perras gordas”,etc. No se dejen embaucar por quienes todavía no han conocido el infierno de primera mano.
Para quien todavía ande algo verde en esto de los vericuetos de las compañías de seguros, debe tener presente el principio fundamental por el que se rigen: las aseguradoras quieren nuestro dinero, y darnos a cambio lo menos posible. No estoy descubriendo la penicilina precisamente, pero hay que tener esto muy en cuenta.
Nos encontramos inmersos en una guerra que dió comienzo allá por la primera trilogía, esto es, en el momento en el que un tío con dinero dijo: dame todos los meses un dinerillo que cuando necesites mi ayuda la tendrás. A partir de ahí miles de usureros se frotaron las manos.
En la actualidad, ellos están unidos bajo una misma bandera: estafar al pobre diablo. Nosotros, por el contrario, nos dejamos llevar por una mierda de puercoespín que además es un borde (le preguntan por las vacaciones y va el bicho inmundo y le llama tonto) o por un teléfono que tiene ruedas... ni siquiera hace falta que traigan a Linda Evangelista para timarnos. De este modo, como ovejas descarriadas campamos por las carreteras, aparcamos en las calles y cedemos el paso, pensando que nuestra compañía nos va a cubrir las espaldas. Nada más lejos de la realidad.
Como en una partida de monopoly, el asegurado es el único idiota que no ha jugado sus cartas, aunque mejor debería decir que nunca le dieron cartas con las que jugar. El caso es que mientras el resto de jugadores, las aseguradoras, ya han hecho sus pactos diabólicos para no fastidiarse entre sí, el pobre perrillo que movemos por el tablero sólo se dedica a pagar, a pagar y a pagar, sin opción a que le condonen (aquí todo a pelo) ni una deuda. Tiene varias opciones: o pagar de una vez toda la vuelta al tablero o ir pagando en pequeñas y cómodas mensualidades.
¿Pero cómo hemos llegado a esta situación? ¿Por qué están las aseguradoras? El eje del Mal creó las reglas de juego: parten de la base de nuestra infinita insolvencia, incapaz de hacer frente al pago de un castañazo por nuestra culpa, o de pagar algún tipo de indemnización. Supongamos que es cierto, que nadie tiene liquidez suficiente para pagar... Oiga, ¿y por qué tengo que pagar a una empresa privada? ¿No podría ser el estado quien gestionara el seguro “obligatorio”? Oiga, es que para ejercer un derecho, como es el de conducir un vehículo a motor o ciclomotor, me están condicionando a pagar a una empresa privada... algo tan ridículo como pagar a un guardia de seguridad privada por si te tiene que detener en un momento dado.
Resulta curioso: algún avispadillo neoliberal (o no, que cualquier puede opinar sin tener que ser un tontoyupy que no gana ni medio kilo al mes) podría decir: sólo el sector privado tendría liquidez suficiente y el estado no está capacitado para gestionar este sector. Aceptemos barco... Entonces, según la economía de mercado y por el respeto a los márgenes de beneficio de estas sacrosantas compañías, del todo inflaccionistas, los que pagamos el pato somos los de siempre, los estafados. Que no llueve? Nos suben el seguro. Que los gruístas están de huelga? Nos suben el seguro. Que Linda Evangelista se ha perdido en medio del océano? Se alegra el náufrago que la acompaña y nos jodemos los demás porque nos vuelven a subir el seguro...
A pesar de que la gente no se lo crea, Matrix existe. Lo que debemos hacer es congratularnos porque en otros países está más caro, sentirnos felices porque perder un dedo meñique vale aproximadamente seis mil euros, y nos siguen quedando muchos dedos por mutilar. Además, nosotros que somos honrados pagadores, vemos en las noticias verdaderos chorizos que abusan de la buena fe de las compañías aseguradoras, simulando robos, accidentes y cualquier tipo de supuesto por el que aquéllas deberían “aflojar guita”, como se dice en castizo. Y esto, queridos sufridores, no es más que una muestra de la típica picaresca a este lado del río Pecos, de la miseria cada vez más frecuente en nuestra sociedad, donde se vilipendia al valiente, cuando el resto no es capaz de hacer este tipo de guerra de guerrillas.
No seré yo quien anime a realizar tales prácticas, aunque como dice ese dicho: “Ya que me voy del convento, me cago dentro” algo podríamos hacer cuando hartos de ser estafados, decidimos cambiarnos de chulo, perdón, quiero decir de Compañía de Seguros. Va de suyo que una reclamación y unos malos modos con el teleoperador/a de turno no sirven para nada, con lo que sería deseable adoptar algún otro tipo de medida más contundente y onerosa.
Andrés — 16-06-2005 14:07:02
Peña — 16-06-2005 15:18:23
FraNki — 17-06-2005 22:32:28
VLADIMIR ILICH ULIANOV — 24-06-2005 13:10:25
Dr Livingstone — 24-06-2005 14:59:56